domingo, 28 de febrero de 2010

Extracciones RAYUELA


RAYUELA (1963) de Julio Cortázar


Aparte de ser una innovación en relación al orden tradicional de contar una historia (pudiendo leerla de corrido o en un ir y venir de capítulos); esta novela cuenta la historia de amor de Oliveira y La Maga, dentro de un fabuloso torbellino que contiene a Rocamadour, los amigos del Club de la Serpiente, la bohemia, y los suburbios de París y Buenos Aires.
Lo que sigue son algunas extracciones resaltadas de Rayuela:


• “Como no sabía disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos.”


• “…me hartabas un poco con tu negativa a aceptar lo aceptable…”


• “No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas mas fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita, el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio.”


• “Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos.”


• “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano,… y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de lo que mi mano te dibuja.”


•“Los terrores, que lujo para la imaginación.”


• “… no hay ideas generales…”


• “…cuando se fue de la pieza era casi de madrugada, y yo ya ni sabía llorar.”


• “Una cosa es la música que puede traducirse en emoción y otra la emoción que pretende pasar por música…”


• “… a los que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y así va el mundo y el jazz…”


• “Cada vez iré sintiendo menos y recordando más.”


• “Hay ríos metafísicos, ella los nada … Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada … Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada…”


• “…su vida no es desorden, mas que para mi, enterrado en prejuicios…”


• “…ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos…”


• “…no hagamos literatura…”


• “…es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres, … la felicidad no se explica, … es que la felicidad es solamente de uno y en cambio la desgracia parecería de todos…”


• “Si hablamos de amor hablamos de sexualidad. Al revés ya no tanto.”


• “…tengo más prejuicios de los que pensaba…”


• “Mirá, un mate es como un punto y aparte. Uno lo toma y después se puede empezar un nuevo párrafo.”


• “La humanidad es un ideal…”


• “El alacrán clavándose el aguijón, harto de ser un alacrán, pero necesitando de alacranidad para acabar con el alacrán…”


• “…comprendé que la dialéctica sólo puede ordenar los armarios en los momentos de calma…”


• “El absurdo es que no parezca un absurdo. El absurdo es que salgas por la mañana a la puerta y encuentres la botella de leche en el umbral y te quedes tan tranquilo porque ayer te pasó lo mismo y mañana te volverá a pasar. Es ese estancamiento, ese así sea, esa sospechosa carencia de excepciones.”


• “…desde que te conozco no hacés mas que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando…”


• “…ah, los ojos a vos te sirven para algo, parece…”


• “…nunca me propuse la felicidad…”


• “…y es dulce decírtelo con las palabras que te fascinaban, porque no creías que existieran fuera de los poemas, y que tuviéramos derecho a emplearlas…”


• “Mi diagnóstico es sencillo: se que no tengo remedio…”


• “…dormían mucho, no por cansancio, sino por un principio de fiaca…”


• “La puta que te parió (a un clavo)”


• “…vos sabés muy bien que a mi el vértigo me ha impedido escalar posiciones…”


• “Las palabras son como nosotros, nacen con una cara y no hay tu tía.”


• “…esta bien - dijo sentándose en la silla -. Seguí amontonando palabras inútiles…”


• “Sólo termina de veras lo que recomienza cada mañana…”


• “Consiguió dejar de pensar, consiguió por apenas un instante besarla sin ser más que su propio beso…”

miércoles, 10 de febrero de 2010

Mujeres


Laura. Tal vez Silvana o Romina. O mejor aún: María más algún otro nombre. No sé…, pero sus ojos me apabullaron de tal manera que no podía pensar. Y tampoco podía dejar de mirarla. Sus manos valseaban en el aire mientras hablaba con sus amigas, y parecía que dibujaba las más bellas figuras. Me encantaba ver como tomaba la copa de vino y cada tanto daba un sorbo, y volvía a apoyarla en la mesa. Entre tanto sonreía. No paraba de sonreír. Yo tampoco.
En mis veintisiete años había recorrido todas las calles y esquinas de la zona sur. Avellaneda, Adrogué, Lanús, Quilmes y todos los demás barrios. Conocía cada uno de ellos como las baldozas del fondo de mí casa; y doy mi palabra de honor: no la había visto en la perra vida. Encima las dudas me carcomían el estómago. No sabía qué decirle, ni en qué momento hacerlo. Pensé en ir hasta la mesa y declararle mi amor, contarle todo lo que sentía por ella. Pero no, sería demasiado chocante. Muy fuerte para una chica como ella. Pero si no lo hacía, me quedaría mal; tal vez para siempre. Ahora, las dudas llegaban y se instalaban en mi cabeza.
De pronto un tipo la tomó del brazo y la arrastró hacia la puerta de calle. Era Marcelo, lo reconocí al instante. ¿Ella sería una de sus tantas chicas? ¿Estaría casada con él? ¿Tendrían hijos? Entre gritos y forcejeos, el huracán me llevó hacia fuera con ellos, pero ninguno de los dos distinguió mi presencia. Me aparté unos metros entre los árboles y crucé la calle. Detrás de una camioneta F100 un poco destartalada, encontré el lugar ideal para observar aquél cuadro.
No podía oír bien, pero cada palabra parecía cargada de una rara mezcla de odio y tristeza. En la oscuridad nocturna, la luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos, y generaban las sombras en donde podía esconderme. Aquel reflejo dejó ver de qué manera las mejillas de ella se iban llenando de lágrimas, y sentí como el dolor me atrapó a mí también. Toda la fragilidad que pueda imaginarse, se había reposado en su mirada, y sin decir una sola palabra, simplemente escuchaba los reproches.
Los gritos concluyeron en seco y ella, sin más, volvió a entrar al bar. Después de unos segundos, el llanto de él rompió el silencio de la noche. Sus ojos tapados por la palma de su mano derecha escondían vergüenza y humillación. Es sorprendente ver llorar a un hombre como él. Nunca lo había visto en ése estado. Poco a poco empezó a caminar hacia la avenida Mitre. Dudé en seguirlo y hablar con él; o volver a entrar, buscarla y jugar mi última baraja.
Hace tres meses que conozco a Marcelo. En la fiesta de cumpleaños de Sol, mi mejor amiga, nos habíamos puesto a charlar casi por casualidad. Nos reímos mucho toda la noche, y cuando la fiesta estaba cayendo por peso propio, se ofreció a llevarme a mi casa. No sabía mucho de su vida, ni de su familia. Parecía un tipo de pocas palabras, duro y reacio, pero pensé que tal vez sería falta de confianza, algo que con el tiempo seguramente se revertiría. Igualmente nos hicimos amigos, y cada tanto íbamos al cine juntos. Lo que no me esperaba era que se desplomara de esa manera. Llorando como un nene desconsolado. Pero las sorpresas esta noche estaban de parabienes. Y yo descubriéndolas.
Miré y vi que estaba lejos. Sintiendo en la cara un aire fresco que empezaba a soplar, me apresuré un poco, cosa de no perderlo, y lo alcancé antes que llegara a la Avenida Mitre.
-Marcelo, esperame-le grité a cinco o diez metros.
Al verme, sus ojos lo delataron por completo.
-Ana, ¿Qué haces acá?-preguntó sorprendido y empezando a ponerse colorado siguió-.¿Dónde estabas?
-¿Quién es la rubia?-increpé, mirándolo fijo.
Colocó su vista en el piso de la vereda buscando explicación.
-¿Por qué llorás?-le pregunté apurándolo.
-Es mi hermana-sollozando-, la saqué de éste antro de....
Se detuvo, como si necesitara pensar un poco más lo que iba a decir.
-¿De dónde?, ¿De ése bar?-seguí.
-Sí, está lleno de lesbianas. Me dijo que era la primera vez que venía, la invitaron unas compañeras de la oficina. Viste como son esas minas. Por supuesto no le creí, y se fue ofendida -me dijo convencido; y yo hice silencio, también ofendida.
-Mañana después de almorzar voy a hablar con ella. Mejor que no se enteren los viejos, sino se va armar una -concluyó natural, cuadradito y tan obvio.
Lo abrazé y lo convencí para que se vaya tranquilo a descansar. Me ofreció llevarme a casa.
-Adentro del bar me esperan unas amigas y no quiero que se preocupen-negándome con la cabeza.
Me miró perplejo. Le di un beso en la mejilla y me alejé. Al cruzar la puerta del bar sabía que una relación había terminado, y deseaba con todo mi anhelo, que una nueva comience ya mismo. Entré y la busqué desesperadamente con la mirada. Estaba pidiendo algo en la barra. Me acerqué y le pregunté el nombre.
-Laura, ¿y vos?- me contestó sonriendo.
CÉSAR EDERY

viernes, 29 de enero de 2010

Extracciones EL TÚNEL


EL TÚNEL (1948) de Ernesto Sábato


De la novela que cuenta cómo Juan Pablo Castel es asediado por el amor y la muerte con una imperceptible frontera, y se mete dentro de sus oscuros pensamientos tan llenos de locura, celos y mentira; a continuación leerán algunas frases resaltadas y recomendadas:


• “…Mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay como relámpagos que iluminan algunos corredores…”


• “…Si pudiera decir con palabras claras lo que siento, sería casi como pensar claro. ¿No es cierto?...”


• “…me emocionan los detalles, no las generalidades…”


• “…María hace con rapidez, cosas que no cambian la situación. Como alguien que estuviera parado en un desierto y de pronto cambiase de lugar con rapidez…”


• “…No se resuelve el problema del mendigo con un peso o un pedazo de pan. Sólo resuelve el problema psicológico del señor que compra así, su tranquilidad espiritual y su título de generoso. Júzguese hasta que punto ésa gente es mezquina cuando no se decide a gastar mas de un peso por día para asegurar su tranquilidad espiritual y la idea reconfortante y vanidosa de su bondad…”


• “…Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos…”


• “…por su rostro comenzaron a caer lágrimas silenciosas…”


• “…No te pongas aburrido, por favor. ¿Cuándo aprenderás a disimular tus conocimientos?...”


• “…iba haciéndome a la idea de aceptar su amor así, sin condiciones, y más me iba aterrorizando la idea de quedarme sin nada. Y de ese terror fue naciendo y creciendo una modestia como sólo pueden tener los seres que no pueden elegir…”


• “…No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos; a nuestros destinos…”

lunes, 25 de enero de 2010

La Imagen



Un día La Imagen se dio cuenta de que era partícipe de un sueño, que era la representación de alguien en un sueño. Entendió que sus recuerdos, eran en realidad los sueños de otro ser. Alguien totalmente desconocido.
A partir de ese momento, sus días cambiaron. Toda su dedicación iba a estar puesta en la búsqueda del soñador, en encontrar al dueño de su vida, en conocer al dueño de sus ojos. La primera reacción fue recordar, pero la mayoría de las imágenes eran borrosas. Cuando la imagen provenía de su mirada, las cosas eran claras; pero cuando él entraba en el cuadro, cuando se veía de cuerpo entero en el sueño mismo, su rostro era difuso. La segunda alternativa fue el espejo, pero tampoco resultó. No lograba ver nada. No es que él no estuviera en el espejo, sino que no reflejaba nada. Era como una ventana sin paisaje, como un agujero sin final, la oscuridad total.
Lo único que tenía en su mente era el presentimiento, la certeza de que, cuando encontrara al soñador, se daría cuenta al instante, algo cambiaría en su interior, una alarma sonaría en su cabeza. Entonces emprendió la búsqueda.
Recorría las calles mirando a todos, fijando su vista en los ojos de cada persona que se cruzaba; caminando ciudades, pueblos, playas, paisajes desiertos y los lugares menos pensados.
Así transcurrieron días, meses y hasta años. Su esperanza fue desapareciendo a medida que pasaba el tiempo, y su búsqueda le fue dejando lugar a su antigua vida, aquella en la que no sabía de él como Imagen, ni del otro como soñador. Volvieron a pasar años de ésta vida extraña, pero normal; ésta vida de trabajo diario, de desayuno, almuerzo y cena; y otra vez desayuno, almuerzo y cena.
Tuvo días malos en los que perdió algún trabajo, discutió con cierta efervescencia, o puteó en un grito ahogado al martillarse un dedo o cuando se le quemó la comida. También tuvo momentos excelentes, como ver amanecer en la playa, reírse a carcajadas, o el día que se enamoró...
Ése fue el punto de inflexión. Lo que tanto había buscado estaba ahí, frente a sus ojos. La mujer que besaba todas las mañanas, la que compartía sus almuerzos, con la que muchas noches había hecho el amor era la dueña de sus días. Ella era su soñadora, la persona que lo soñaba noche tras noche, que lo tenía como protagonista principal de sus sueños. Pero La Imagen nunca se dio cuenta, siempre pensó que esa extraña sensación que sentía en el estómago al besarla, y al mirarla a los ojos, era lo que todo el mundo llamaba estar enamorado.
Autor: CÉSAR EDERY
Correctora de textos: PAULA DI CROCE

martes, 19 de enero de 2010

Extracciones LOS PREMIOS


LOS PREMIOS (1960) de Julio Cortázar


Estas son algunas frases extraídas de la novela que cuenta un par de días en la vida de los ganadores de un viaje de placer, que rápidamente se ven envueltos en un misterio disparatado:


•“…cuando a uno lo sacan de sus hábitos, es como el pescado fuera del agua…”


•“…Hay casi una perfección en la forma en que actúan dentro de sus posibilidades, sin la menor sospecha de que el mundo sigue mas allá de los tangos y de Racing…”


•“…Dispongo de una serie de respuestas: para los días de sol, para las noches de tormenta…una surtida colección de máscaras y detrás, creo, un agujero negro…”


•“…Oh, las máscaras. Uno tiende siempre a pensar en el rostro que esconden, pero lo que cuenta es la máscara, que sea ésa y no otra. Dime qué máscara usas y te diré que cara tienes…”


•“…La historia humana es la triste resultante de que cada uno mire por su cuenta…”


•“…por mi parte no sólo no tengo acciones sino que casi no las cometo. Vivo en inacciones…”


•“…y tenía una incómoda inconciencia de ser mirado y no estar a la altura de esos ojos fijos…”


•“…Estamos en un zoológico en donde no somos visitantes…”


•“…decía tales cosas que yo las anotaba para mostrárselas a la mañana. ¿Porqué asustarlo con ese espejo inesperado? Tenemos tanto miedo a las irrupciones, a que se nos pierda el precioso yo de cada día…”


•“…Todo se convierte en puro futuro, de golpe hay que ponerse a vivir para y por el futuro…”


•“…No hay como la excesiva claridad para dejarlo a uno ciego…”


•“…Ah, no empecés con el catálogo de tus exigencias…”


•“…Sos mas sensata hablando de literatura que de sentimientos…”


•“…con un gesto en el que la torpeza se aliaba a una fuerza considerable…”


•“…La física es ilusoria, una cosa es que vos estés cerca de mi, y otra… Las cintas métricas se hacen pedazos cuando uno pretende medir cosas como estas…”


•“…Una ausencia eternamente presente, una carencia llenando el corazón y los sentidos, un vacío infinito en el que ella caería con todo el peso de su vida…”


•“…-¿No le tenés respeto a la muerte, vos?
-La muerte no me va a tener respeto a mi…”

domingo, 10 de enero de 2010

La decisión














Finalmente se hundió bajo el mar. Después de ser golpeado por una ola tras otra, desapareció en las aguas saladas a medianoche.
Carlos Fond había decidido suicidarse esa misma tarde, cuando la oscuridad la transformaba en noche.
Hacía varias semanas que no estaba bien. No comía, no dormía. Tampoco vivía. En los últimos días había dejado de ir al trabajo y ya no atendía el teléfono. La separación definitiva de su mujer lo tenía a mal traer, pero no poder ver a su hija Mercedes era lo que realmente lo afectaba. Le sacaba infinitas lágrimas de sus ojos, y también del corazón y del alma. Ya no sabía cómo llorar, pero no podía parar de hacerlo. Y tampoco podía parar de tomar de esa botella. De esa y de las otras. La bebida lo transformaba, o lo desnudaba, según cómo se mire. Lo hacía gritar, putear y hasta golpear. Hacía meses que maltrataba a su mujer. La última vez que vio a su hija fue el día que le pegó con el revés de la mano derecha.
Esta tarde, mirando un portarretratos con la única foto que tenía de Mercedes, volvió a llamar a la casa de sus suegros. Era la décima vez que telefoneaba y no contestaban. Ayer tampoco lo habían hecho, como el resto de los días desde que se habían escapado de él. La depresión le venció el brazo en la pulseada de estas últimas horas de soledad, y salió decidido hacia la playa.
Caminó veinte cuadras con la mente maquinando sin parar, cruzó la Avenida Costanera y sus pies tocaron la helada arena de medianoche. El remolino mental paró de repente. Se dio cuenta de que estaba descalzo, y de que en la mano todavía tenía el portarretratos de su pequeña. Lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón, y caminó hacia la rompiente. La primera ola le golpeó las rodillas, y para la segunda, su cuerpo ya estaba con el agua hasta la cintura. Carlos sintió que el mar estaba fuerte y que cuando las olas volvían de romper en la orilla, lo chupaban hacia adentro. De repente se zambulló debajo de una montaña de agua y nadó hasta que los brazos le dijeron basta. Giró su cuerpo y todavía divisaba la arena seca alumbrada por la luz de la luna. Sus piernas habían dejado de patalear varios metros detrás. Estaba agitado y no dejaba de tragar agua, pero no sabía qué hacer.
Su cabeza empezó a correr desaforadamente otra vez, y las imágenes se repetían sin cesar. Pensaba en su hija y en su mujer. Recordaba los ojos llorosos de ellas después del cachetazo y como desaparecieron detrás de la puerta. Cada vez que escupía el agua salada que se le metía en la boca, volvía a recordar. Eran como puntos y aparte en esa sucesión de imágenes. El instinto por mantenerse a flote empezó a flaquear, y Carlos Fond se desesperó cuando su cabeza se hundió y le costó responder. Al instante salió a la superficie, respiró como nunca lo había hecho en su vida y divisó, a un poco más de un metro, la foto de Mercedes flotando sobre una pequeña ola. Estiró el brazo para recogerla, pero el peso muerto de la mano al caer al mar hizo que se hundiera nuevamente. Esta vez, los segundos que estuvo inmerso, le parecieron horas. Luchó varias veces por alcanzar el portarretratos, pero el cansancio pudo más. Miró como se hundía para siempre, sin poder hacer nada, y se dejó morir.
Un par de minutos después sintió que sus pies tocaban la arena. Donde hizo pie, una ola lo golpeó en la nuca y lo revolcó hasta la orilla. Se quedó tirado varias horas en ese lugar, mientras la marea lo rozaba cada tanto.
Los rayos de sol comenzaron a molestarle en los ojos llenos de arena, y se incorporó lentamente. Lo primero que pensó fue en Mercedes. Sintió el gusto salado de las lágrimas que tocaban sus labios, y empezó a correr hacia el centro comercial de la ciudad.
Exactamente a las siete menos diez, sonó el timbre en la casa de los suegros de Carlos Fond. La madre de Mercedes alzó a su hija, y juntas fueron hasta la puerta para ver quién podría ser a esa hora de la mañana.
Autor: CÉSAR EDERY
Correctora de textos: PAULA DI CROCE

sábado, 26 de diciembre de 2009

Pensamientos propios


1
 
No puedo creer la actitud egoísta de mi marido. Miro sus ojos, su boca, sus gestos. Me parecen horribles. Mueve los labios como diciendo algo, pero ya no lo escucho. Tampoco me interesa. Sólo quiere cumplir con su pegajosa deuda, y mis pedidos le pasan por el costado. Además ahora me grita, como si mis opiniones y mis intenciones no tuvieran valor. Lo odio.

2
 
En algunas calles parecería que hace mucho más frío que en otras. Y en ciertas esquinas de Buenos Aires a veces se forman remolinos de viento, hojas y basura; tan molestos como fascinantes. Me faltan tres cuadras para llegar a la casa de Pepe. Hace dos años que me debe guita, y ayer me dijo que tenía lo mío. No me gustaba para nada llamarlo casi todas las semanas, pero si no lo hacía, él dejaba pasar los días como agua.
 
3
 
En ese griterío tan lleno de gestos e insultos, de pronto le bajé los brazos con dulzura y le susurré al oído mi parecer. A veces a las fieras indomables se las calma con música clásica; yo había aprendido a domar a Pepe de forma parecida. Creo que poco a poco fue comprendiendo la necesidad que yo tenía por ése préstamo. Invertir en aquél negocio era algo que no podía dejar pasar. No se lo dije, pero también era mí independencia monetaria y sentimental. Esto último motorizaba mis deseos.
 
4

 Antes de tocar el timbre pisé una baldosa floja. El agua repugnante que se había juntado debajo de ella, ahora estaba en mi pantalón y en mi zapato derecho. Nunca entendí por qué este tipo cada tanto me pedía plata. En su parroquia la gente dejaba demasiado dinero, y creo que le sobraba, tanto para su vida de pastor, como para la otra. Los comentarios rondaban con facilidad en el barrio, y uno decidía si creerlos o no. El juego y la bebida se repetían en boca de chismosos, pero igual los sábados y domingos de misa, no quedaban lugares vacíos cuando él hablaba.
 
5
 
Escuchamos el timbre y Pepe salto de su silla para ir a contestar. Lo tomé del brazo y le recordé lo hablado. Me pidió que lo dejara de joder y que si quería algo, que lo hablara directamente con el prestamista. Desde el palier apenas se escuchaban murmullos y yo esperaba impaciente. Sabía como romper el hielo con aquel hombre, solo restaba que mi marido nos dejara solos.
 

6
 
Me guardé el fajo de billetes de dos y cinco pesos en el bolsillo del saco, y el apretón de manos dio punto final a la deuda. Hablamos unos minutos de cualquier cosa. Entre el collage de palabras que salían de la boca del pastor, recordé que en la bandeja de limosnas, lo que más abunda son los billetes de dos y cinco, justamente. Cuando buscaba el silencio para despedirme, me comentó que Marta necesitaba charlar conmigo. Lo único que recordaba de aquella mujer eran las curvas de su cuerpo, y cómo se esforzaba en mostrarlas. Me parecía demasiado para ser la mujer de este tipo.

 7

Pepe nos presentó. Miguel Mártin era el nombre del prestamista. Ahora comprendo por qué se hacía llamar el inglés. La acentuación en la “i” lo hubiese hecho pasar como un porteño más, pero parece que su ego era tan fuerte que podía mover acentos. También era despreciable. Me saludó con ese rostro colorado y sudoroso, y yo sólo atiné a sonreír. No me importaba toda esta farsa, mis objetivos los tenía bastante claros.
 
8
 
Cuando el pastor cerró la puerta éramos solo ella y yo. Esta habitación llena de libros y diarios viejos, nos obligó a mirarnos a los ojos. Desde el primer segundo esperé alguna insinuación. Sabía que el pedido de dinero vendría acompañado de una forma especial de pago. A éste tipo de mujeres lo conocía bien; tanto hermetismo, por algún lado se escapa. Comenzó hablando de negocios y cruzó las piernas de una manera no habitual. Cuando sacó su segundo cigarrillo del paquete, le alcancé el encendedor entre mis manos, y al acercarse dejó ver que debajo de la blusa no llevaba sostén.
 
9
 
Ni bien terminé de explicarle cuánto dinero necesitaba, comenzó con ésa sonrisa enferma. Preguntó varias veces cómo pensaba pagarle, y yo no podía dejar de mirar esos dientes que brillaban como oro en su boca. Corrí la mirada y haciéndome la distraída miré los libros de la repisa superior, mientras jugaba con el cigarrillo entre mis manos inquietas. Sabía que lo inevitable estaba por suceder, me costaba mirarlo. En esos segundos, mi imaginación me devolvió imágenes horrendas. Sabía que Pepe no entraría a la habitación, pero rogaba que el picaporte no se moviera ni una vez. De pronto sentí el calor de su piel en la mía. Su respiración se acerco a mi boca y me apretó con fuerza. Yo seguía sin poder mirarlo. Lo ayudé a desprenderme la blusa, mientras él se ocupaba de su pantalón. Podía, pero no quería resistirme. Necesitaba ese dinero, y sabía que no saldría de mi marido.
 
10
 
Que ingenua Marta. Piensa que hablando conseguirá unos cuantos billetes. Le faltan varios metros en esta carrera. Y el otro peor aún. Que infeliz debe ser. Seguramente el mundo de Miguel Mártin está cubierto enteramente de dinero. Cree que todo lo logrará mostrando su billetera. Mi esposa y el inglés encerrados ahí dentro. Lo acotado de sus cerebros creo que les impedirá llegar a algo. ¿Qué diablos estará pensando cada uno? ¿Habrán terminado ya? ¿Podré ver algo a través del ojo de la cerradura?

Autor: CÉSAR EDERY
Correctora de textos: PAULA DI CROCE